lunes, 22 de febrero de 2010

Un reclamo de bandera:"Facultades"


Al abuelo Vicente, gran jaulero y hombre cariñoso donde los haya con sus nietos, que sembró en mí la semilla de esta gran afición que es “La caza de la perdiz con reclamo”.

Este nombre de reclamo es el primero que quedó inscrito en mi memoria porque con él eché los dientes como “ayudante” de cazador al lado de mi abuelo Vicente y porque lo vi en tantos puestos de sobresaliente, que difícilmente se borrará de mis recuerdos.

La belleza de su estampa física, su mansedumbre y los variados recursos musicales que utilizaba para atraer a sus congéneres hacían de él el clásico pájaro que a su dueño se le hace la boca “oro” cuando habla de sus reclamos.

El abuelo se lo había cambiado, creo recordar, por una pareja de pavos a un pastor, que dicho sea de paso, el cuido y las atenciones que le dispensaría no serían las más adecuadas, porque como yo le escuchaba muchas veces en sus múltiples relatos, cuando se produjo el trueque y se lo llevó para casa, su presencia dejaba mucho que desear. Aun así, desde que lo vio la primera vez, supo que dentro de aquel pollo sin espolones, plumas erizadas y delgaducho, había un gran reclamo.

Cuando lo conocí, debería tener la edad mía de por aquellos entonces: siete u ocho años. Me contaba el abuelo que le puso “Facultades” porque el repertorio de cantos, tonos, temperamento y gestos eran tan variados y atractivos que pocas patirrojas consiguieron escapar a sus “arrullos” y “encantamientos”; y aun más, como él decía:

—Viuda que lo escuchaba, viuda que dejaba el luto e iba en su busca antes que cantara un gallo.

Recuerdo, incluso haber ido en camisa a colgar en el mes de octubre, y terminar de la misma forma a final de marzo sin signos de haberse pasado de celo. Su excelente trabajo no sufría alteración durante los seis meses que por aquellos tiempos (finales de la década de los cincuenta) duraba la caza del reclamo y máxime cuando el tiempo acompañaba, que era casi siempre, y la densidad y valentía de nuestras perdices estaba fuera de toda duda.

Todavía tengo en mi retina aquellos días cuando el abuelo no quería llevarme a colgar porque estaba la mañana o la tarde lluviosa. Cómo aquellas horas se me hacían interminables hasta que lo veía aparecer montado en su burro “Platanero” y salía corriendo a su encuentro para preguntarle:

—Abuelo, ¿cuántas has matado?

Pues aunque todavía no había cumplido los diez, solo tengo que cerrar los ojos y retroceder cincuenta años para que en mi memoria esté grabado a hierro y fuego aquel puesto que dimos en “La Era”, en el olivar de “La Atalaya”, la finca de los abuelos, una tarde al final de las navidades de aquel año, cuando yo estaba de vacaciones del “cole”.

El viejo puesto de monte estaba aculado sobre un vallado que formaba la linde con la finca contigua. A un lado había, y hay hoy día, un olivar que en aquellos tiempos tenía salpicones de monte y algún que otro zarzal, lo que hacía de él un lugar idóneo para las montesinas. Por el otro, todo era encinar y monte bajo de jaras, tomillo, cantueso, jaguarzo blanco, aulagas… El matojo o farolillo formaba parte de un viejo tronco de olivo camuflado por sus renuevos o “chupones” y todo el conjunto estaba ubicado en una antigua era que habría sido utilizada con tal por nuestro antepasados.

Como el puesto no distaba demasiado de la casa del campo, y no había que arreglarlo mucho, porque ya había sido “remendado” con anterioridad varias veces aquella temporada, el abuelo cogió a “Facultades”, me lo colocó sobre mi espalda con unos ganchos que había hecho especialmente para mí, cogió su vieja “Jabalí”, sus cartuchos recargados del “mirlo” o “galgo” de cartón y me dijo:

—Niño: vamos “palante” y ten cuidado con lo que llevas en la espalda.

El recorrido que separaba la casilla del puesto, no más de un kilómetro y medio, era para mí como caminar hacia la gloria. Iba a donde me gustaba y encima llevaba a mis espaldas nada más y nada menos que a “Facultades”, el fenómeno de mi abuelo.

Aquella tarde tendría que ser apacible, sin viento y bastante sol, porque recuerdo que el abuelo por el camino, me decía:

—¡Qué buena tarde! ¡A ver si tenemos suerte y tiramos unos pocos!

Cuando llegamos a los dos viejos eucaliptos, comienzos del olivar, el abuelo se paró un rato para tomar un poco de aire, y además ver si escuchaba el canto de alguna perdiz por el entorno. Tras el pequeño descanso, acometimos la cuesta arriba que nos conduciría al puesto.

Una vez en la era, el abuelo un poco fatigado y con la tosecita clásica de los fumadores empedernidos, apoyó la escopeta sobre un olivo y se sentó sobre el troncón de otro mientras repasaba visualmente la plaza y el aguardo de monte. Tras unos segundos de merecido y reparador descanso, para una persona de su edad, ya debería rondar los setenta, me ordenó:

—Niño, tráeme un poco de tomillo de aquellas matas, mientras yo arreglo el matojo.

Con mucho cuidado fui cortando, como otras veces, unos rebrotes nuevos que le servirían para arreglar la tronera. Él, mientras tanto, siguiendo con el ritual de siempre, preparaba el trono de “Facultades” hasta transformarlo en una verdadera obra de arte. La vieja cuerda de torvisca, planta cuya envoltura o piel se utilizaba para amarrar diferentes cosas, había quedado invisible tras taparla con brotes de olivo entremezclados con ramitas de jaguarzo blanco.

Tras terminar con el matojo, se dirigió al puesto y fue introduciendo los rebrotes que yo le había cortado en el manojo de jaras horizontales que había en el frontal y que le serviría de apoyo para la escopeta. Una vez terminado la tronera de forma triangular, fue tapando algunos claros que se habían producido en el puesto al secarse el material con que se construyó y con ello hacer caso al refrán de que “el que tapa, mata”.

Cuando hubo finalizado todo, no sin antes darle varios repasos, me mandó meterme en el puesto mientras él afianzaba al reclamo en su pedestal.

Lo amarró con mis ganchos, le volvió a poner unas matitas alrededor de la jaula y acto seguido le quitó la mantilla (sayuela). “Facultades” ya le estaba dando las “buenas tardes”, mientras él le hablaba en tono cariñoso.

Lentamente se fue retirando hacia el puesto y al llegar a él, tuve que ayudarle, como ocurría siempre, a echar la pierna por encima de la vegetación del aguardo, porque la cosa no estaba muy buena de “pataje”. Observó el papel de fumar que le solía poner en el punto de mira, metió la escopeta por la tronera e introdujo el cartucho en la recamara, ya que ésta era de un solo cañón.

Mientras se sentaba en una de las dos viejas piedras que había en el puesto de toda la vida y darme a mí la mantilla para que me sirviera de asiento encima de la otra, “Facultades”, después de sacudirse el plumaje y afilarse el pico varias veces sobre la piedra de la jaula, ya estaba pregonando por alto que allí estaba él. Con una maestría inigualable fue entremezclando su amplio repertorio de cantos en espera que algunas de las perdices que debería haber por los alrededores, “le tomara la palabra”.

No habrían pasado diez minutos, cuando en el collado de enfrente, un macho, seguramente viejo por la fortaleza de su reclamo, empezó a comunicarle que lo había oído y que estaba dispuesto a entablar batalla porque el territorio que pisaba, le pertenecía. “Facultades”, sin dejarse intimidar por los toques de atención que le enviaba aquel “macho vara”, siguió con su productivo trabajo, cuando un “picho, picho, picho…” sirvió para indicarle que su retador venía a pedirle explicaciones. Durante los segundos que duró el “voletio”, el “go go go…” de la jaula ya le había hecho saber a quien se consideraba dueño de la zona, que no existía miedo y que allí lo esperaba.

Inmóvil, dando de pie con la suavidad que le caracterizaba, “Facultades” le dio la bienvenida al macho campesino, que con su plumaje erizado y en “son de lucha”, se dirigió a toda velocidad hacia el reclamo. Era la toma de contacto inicial para ver quien achicaba a quien, pero el que estaba sobre el atril, en señal de dominio, lo recibe con un suave cuchicheo y picoteando de vez en cuando la esterilla. Mientras, el campero daba una y otra vuelta alrededor del tronco del olivo, solo interrumpidas por el picoteo que realizaba de vez en cuando sobre una piedra en señal de intimidación

El abuelo, guiñándome el ojo y haciéndome gestos con la cabeza para que presenciara la escena, se acercó a la escopeta, la apoyó sobre su hombro y… ¡Booom! Sólo se escuchó a “Facultades” cargando el tiro, mientras el macho había quedado hecho un taco, casi pegado al matojo. Durante un buen rato estuvo dando de pie con una suavidad tal que había que aguzar mucho el oído para escucharlo. Luego su tono subiría porque más o menos a la falda de donde nos encontrábamos, empezó a dar señales de vida una hembra primero y poco después un macho lo que nos hizo suponer que se trataba de una pareja.

“Facultades” volvió a afilarse el pico y comenzó de nuevo a predicar a quienes le escuchaban. Macho y hembra apeonando, iban acercándose por la cuesta que nosotros habíamos subido antes. De vez en cuando, la hembra soltaba varias reclamadas atraída por el encanto de quien desde arriba la piropeaba, mientras su compañero, quizás un poco celoso, le reñía con continuados saseos.

El abuelo ya había liado y consumido varios cigarros y empezaba a preocuparse porque la tarde iba cayendo de manera inexorable y él no era un lince a la hora de apuntar. Mientras, yo, que de oído estaba bastante mejor que él, le hice señas porque después de una prolongada callada del campo, había percibido la presencia de la pareja casi a nuestra espalda. El reclamo, que también las había detectado, empezó a darle la bienvenida con un suave cuchicheo, que hizo que la hembra le contestara con unas embuchadas. “Facultades” utilizando su gama de recursos le dedicó unos piñoncitos y en cuanto la hembra dio la cara por la derecha del puesto empezó su peculiar picoteo de la esterilla, cosa a la que no se pudo resistir y arrastró tras sí a su pareja.

El macho dándose cuenta de la situación y queriendo tomar las riendas de la misma, empezó a dar de pie a la vez que se dirigía con las plumas levantadas hacia la jaula. La hembra, piropeada por el titeo “Facultades” picoteaba el suelo en señal de sumisión. El abuelo que había estado esperando la ocasión de disparar y la tenía apuntada desde hacía unos segundos, apretó el gatillo en cuanto se separó un poco del matojo. El macho arrancó de la plaza con potente vuelo, mientras la hembra pataleaba débilmente consumiendo los últimos instantes de su vida. “Facultades” cargaba el tiro sabiéndose vencedor de aquel lance y esperando culminarlo con quien había abandonado la plaza temporalmente.

No tardó mucho el campero en llamar a su hembra, pero ahora se encontró con la callada de la jaula por respuesta. Así, que en un último intento de encontrar a su pareja, apareció de nuevo en la plaza subiendo el tono de su canto en señal de imponer su ley. “Facultades” lejos de amedrentarse se agarró con el comunicándole con su cuchicheo y suave piñoneo que allí el rey era él. Poco más pudo escuchar, ya que el estampido de aquel recargado “mirlo” hizo que quedara sin mover una pluma.

“Facultades” cargo él tiro con su melodioso y suave curicheo, luego, poco a poco iba subiendo los decibelios de su canto por si alguien más de aquella zona estaba dispuesto a entablar batalla o dar señales de enamoramiento.

Como la tarde comenzaba a caer y el frío empezaba a adueñarse de nuestras piernas, y sólo se escuchaba el canto lejano de alguna perdicilla, posiblemente viuda que se resistía a pasar la noche en soledad, el abuelo carraspeó un poco con la garganta y se levantó hablándole cariñosamente a su pájaro.

Le ayudé de nuevo para que pudiera salir del puesto. Una vez fuera, recogió los dos machos y la hembra de la plaza y se los acercó al reclamo para que se recreara con ellos. “Facultades” los picoteó varias veces y les cuchicheaba con una suavidad casi imperceptible. Mientras tanto, yo observaba todo lo que el abuelo hacía en los momentos finales de aquella maravillosa tarde.

Tras enfundar al reclamo, me lo volvió a colgar de mis espaldas, se dirigió de nuevo al puesto para recoger la escopeta, que ya había descargado con anterioridad, se guardó las vainas en el bolsillo de la pelliza y tras darme uno de los machos camperos para que lo llevara, me dijo:

—Niño: vámonos, que se está haciendo de noche y la gente estará empezando a preocuparse.

"Oritos" los podencos que dejaron de serlo.




Quizá por ser pocos y estar presentes en zonas muy concretas de Andalucía, los llamados “podencos oritos” no fueron reconocidos como podencos andaluces y casi terminan extinguiéndose. Ahora, algunos cazadores que nunca les dieron de lado por su valía en la caza del conejo, quieren que la canina los reconozca como una nueva raza española.



José Ignacio Ñudi

En el argot ganadero se llama “orito” al animal, incluido el perro, que mantiene en su capa negra o marrón chocolate reflejos de fuego, dorados, de “oro”. Los defensores de estos perros, que siempre han existido en Andalucía, también ven en la palabra orito, de oro, un sinónimo de valor, de calidad.Cuando se inician los trámites para reconocer oficialmente al podenco andaluz como raza española la variedad de capas y tamaños era amplia, incluso en determinados lugares existían ejemplares muy oscuros, negros incluso, a los que los lugareños siempre llamaron “oritos” y que eran sumamente eficaces para desalojar a los conejos de aquellos lugares en los que otros perros no entraban.Pero por las razones que sean, estos perros, estos podencos color chocolate o negro fuego, fueron excluidos del estándar del nuevo podenco andaluz. Esta exclusión, en un mundo dominado por la estandarización que imponen las razas y los pedigrís, significó para los oritos una condena a muerte. El orito “ya no era un podenco” y muchos cazadores empezaron a dejarlos de lado.Algunos románticos. Sin embargo, siempre hubo cazadores y criadores inconformistas con aquella decisión y siguieron cazando y criando con ellos y por tanto conservándolos, los mismos que han fundado la Asociación Nacional del Podenco Orito Español para reivindicarlos y que sean reconocidos como raza española por la Real Sociedad Canina.

Uno de sus más fervientes defensores es Gaspar Jiménez, cazador de toda la vida, criador y adiestrador de perros de muestra (pointers, setters y bretones), aunque siempre tuvo oritos para cazar el conejo.Con él he quedado en un coto de Osuna, en la provincia de Sevilla, para verlos cazar y hacer este reportaje. Es el último día de caza del conejo en Andalucía y ya me advierte que apenas quedan en el cazadero. El día está triste y llueve a ratos.Su pasión por estos perros viene de muy atrás, desde antes de que tuviese permiso de armas. Se inició en la caza, de morralero, con los podencos que le había criado a una perra en un cortijo abandonado. Casualmente estos perros eran oritos y magníficos para la caza: “Echaban muchos conejos y aunque en los primeros años apenas les daba con la escopeta, ellos me cogían bastantes a diente. Nunca faltaban conejos en mi casa”, me cuenta.Sin duda aquellas primeras cacerías con aquellos perros que tanto le dieron en todos los sentidos marcaron para siempre su preferencias caninas a la hora de cazar conejos, y nunca dejó de criar oritos. Y cuando éstos dejaron, oficialmente, de ser podencos, se convirtió en uno de sus más fervientes defensores: “Con el reconocimiento del podenco andaluz como raza se comete un grave error, y es no tener en cuenta los podencos autóctonos de diferentes zonas. El orito siempre estuvo presente en las riberas del Genil (Granada) y del Guadalhorce, en Málaga, porque eran los mejores para desalojar a los conejos en esas condiciones tan extremas de maleza y humedad.La primera puntilla para los oritos llegó tras la popularización de la llamada caza deportiva, lo de cazador, perro y escopeta. Los oritos son perros muy punteros, los mejores para cazar a diente los conejos, y no siempre mantienen la distancia con la escopeta, de modo que los cazadores comenzaron a cruzarlos con otros podencos buscando acortar esa distancia. La seguna puntilla, casi definitiva, le llegó al no ser admitido como “podenco andaluz”, me cuenta Gaspar.Al parecer, cuando se tramitaba el reconocimiento del podenco andaluz como raza, sus promotores se encuentran con un escollo, y es que el podenco portugués, que ya existe como raza desde 1954, puede tener la trufa negra y pigmentación negra en su capa, de modo que la Federación Cinológica Internacional le dice a la Canina que ya existe un podenco ibérico con pigmentación negra, de modo que se desecha todo podenco que no tenga la trufa color carne y mantos canelas y blancos. Un inmenso carrizal. Hemos llegado al coto, un mar de olivos y tierra de labor atravesado por una ancha vaguada cuyo cauce está cegado por espesos carrizales. Éste cauce, de varios kilómetros, será nuestro único cazadero.Gaspar se equipa con un chaleco de caza, su paralela y abre el portón trasero de su furgoneta habilitada para transportar un gran número de perros. Hoy todos son oritos y saca los tres primeros que en poco tiempo ya están removiendo los carrizos. Sin duda, por su morfología y actitudes, son podencos, pero distintos, y guardan entre ellos un gran parecido racial.Gaspar está convencido de que el orito es el ancestro de todos los podencos existentes en la Península Ibérica. “Es un podenco a todas luces, perfectamente proporcionado, levantador y acosador nato. Se adapta a cualquier terreno, por duro y húmedo que sea, y se crece en la adversidad. Allí donde otros perros no entran, el orito llega”.Iniciamos la marcha remontando la vaguada. Los perros entran y salen de los carrizos con entusismo y alegría, pero los que no aparecen son los conejos. “Ya te dije que apenas hay. Les hemos quitado muchos a este carrizal y los que quedan, como además el campo está tan seco, se meten en las madrigueras y no salen”.Ahora escuchamos latidos dentro del carrizal y a los pocos segundos sale una liebre muy acelerada con los perros detrás latiendo como posesos hasta que liebre y perros desaparecen en el olivar. “Éste es también un coto galguero y las liebres usan los carrizales como perdedero y refugio”. En los siguientes minutos dos liebres más, que no puede tirar por estar reservadas a los galgueros, son desalojadas de la maleza, pero los conejos brillan por su ausencia.Según Gaspar, los oritos se cazan haciéndoles pequeñas posturas, siendo el cazador quien remata el lance, aunque muchos conejos los cogen los perros. Por esta misma razón, reconoce que hay zonas, de orografía llana, poca maleza o masificación de cazadores, donde los oritos no encajan por “un exceso de potencia”: “Como tienden a alejarse, acosan tanto a la caza y la laten, cualquier otro cazador que merodee por la zona se aprovechará de ello, y eso no le gusta a nadie”.Comienza a llover con más alegría y volvemos a la furgoneta para sacar nuevos perros y regresamos al carrizal. Ahora toca buscar hacia la izquierda. Los perros, como una jauría perfectamente organizada, entran en los carrizos, salen, vuelven a entrar, pero seguimos sin levantar un conejo.Algunos parecen ya aburridos ante esta ausencia de caza, pero otros, los más viejos, siguen buscando inmunes al desánimo. “En monte cerrado, de zarzas, o allí donde otros perros no entran por exceso de barro, agua, espinos, etc, el orito no tiene sustituto. Bueno, el orito y esos otros podencos que tienen sangre orita. Porque hasta la fecha nadie me ha podido demostrar que un podenco puntero de verdad, de zarzas, de castigo, aunque no sea de color orito, no tenga antepasados oritos. Si hay perros magníficos y todos llevan sangre orita, digo yo que habrá que criar oritos, no sucedáneos”.Llevamos una hora caminando por la orilla de la vaguada, que se estrecha o se abre caprichosamente a lo largo de su recorrido, y ante el panorama tan desolador decidimos volver al vehículo. Los perros, debido a la lluvia y por el roce con la maleza mojada, están empapados y a la vez preciosos. Volvemos por la misma orilla hablando más que cazando, aunque los perros siguen buscando, yo diría que turnándose.Aptos también para la mayor. “¿Qué tal estos perros para la caza mayor?, le pregunto a Gaspar. “Son perros muy valientes –responde–, muy entregados, que se utilizan fundamentalmente para la caza del conejo, pero yo los he visto cazar muy bien la perdiz en terrenos de maleza, que cobran muy bien de ala; son también alimañeros y con el jabalí te puedo decir que una de las mejores rehalas que he visto ha sido la de Pedro “El Loco”, de Villanueva de Algaida (Málaga), basada en oritos de talla media. Donde iba sacaba jabalíes porque los buscaban en los sitios más intrincados y los acosaban hasta echarlos de los encames”.
De repente una latido corrido, frenético, nos pone en guardia, hasta que en un clarito de la vaguada, en un visto y no visto, aparece un conejo seguido por uno de los perros. Con rapidez y habilidad, casi adivinándolo, Gaspar le echa un tiro decisivo.Al latido de alerta el grupo se ha movilizado como un comando de acción directa. Son varios los que llegan al conejo y lo muerden casi todos, pero es uno el que lo trae raudo a su dueño. Pero cuando Gaspar va a meterlo en el chaleco de caza otro latido nos indica que otro conejo se ha corrido muy cerca del anterior. Nos preparamos pero a los pocos segundos escuchamos chillar al conejo, lo han cogido, y al rato Gaspar se encuentra con dos conejos en sus manos. Se ve que algunos han debido abandonar sus encames con la agüilla que, sin ser mucha, no ha dejado de caer durante toda la mañana y sus rastros nuevos no están pasando desapercibidos a los perros.Carácter primitivo y rasgos armónicos. El orito posee un carácter primitivo, y tiene, como dice Gaspar, “una época muy tonta” entre los seis y los doce meses, en la que incluso llega a desafiar a su dueño. Pero luego madura y da un cambio radical, y una vez que se hace a su dueño y cazan juntos, son muy dóciles y obedientes. “Ahora bien, si el cazador no los saca mucho al campo y no les mata caza, no existirá esa compenetración”.Viendo cazar a los oritos, podencos al fin y al cabo, le pregunto a Gaspar cuáles serían las diferencias principales con los otros podencos. “Todos los podencos, el ibicenco, el canario, el andaluz, el cirneco, el portugués, presentan orejas enveladas y parecidas proporciones craneofaciales y morfológicas, pero el orito es un perro “muy acondicionado” para terrenos muy difíciles, con mucha maleza y humedad, y de hecho tiene un subpelo que le protege, su piel es más dura y sus rasgos morfológicos y craneofaciales son muy armónicos”.Según me cuenta, en las mediciones que está llevando a cabo el equipo de Mariano Herrera, de la Universidad de Córdoba, sobre 115 perros oritos censados, la perfección racial “es asombrosa”. El 94 por ciento de las hembras tendrían una morfología ideal para el trabajo que desarrollan, aunque en los machos este porcentaje baja al 76 por ciento, lo augura un buen futuro a estos perros.Un poco más adelante los perros levantan otro conejo, que apenas ha dejado verse. Gaspar le ha metido bien el tiro. Creemos que va tocado y que los perros no tardarán en agarrarlo, pero no dan con él, señal de que no ha cogido plomo. Bueno, uno más que queda para criar.Al cabo de un rato y sin que ningún conejo más diese señales de vida, llegamos a la furgoneta. Los oritos son podencos hasta para recogerlos. Ninguno quiere volver a las jaulas y se esparcen remolones entre los olivos. Gaspar los va llamando y poco a poco se van dejando coger sin mucho entusiasmo. Algunos traen la cara y las orejas castigadas por las espadañas.La Asociación Nacional del Podenco Orito Español ya ha contactado con el delegado de Razas Españolas de la Canina y celebrará una concentración a principios de mayo en la próxima Feria del Perro de Archidona (Málaga). Allí los oritos presentes tendrán, presumiblemente, un reconocimiento provisional como raza española.